Por desgracia, en una vida ajetreada, es muy fácil dejar el fitness en segundo plano, y suele ser por una buena razón. Por ejemplo, el bienestar de nuestra familia siempre va a tener prioridad sobre el gimnasio. Sin embargo, hay aspectos de la vida que necesitan de nuestra disciplina. Debemos ser capaces de subirnos a la cinta de correr por voluntad propia.
Una ventaja de trabajar en una oficina es que contamos con gente que puede ayudarnos a mantener nuestro régimen de fitness. Si alguien tare café y pasteles, podemos pedirle que reserve nuestra parte hasta corrido media hora en la hora del almuerzo. Lo mismo ocurre si nuestra disciplina es escasa y formamos un grupo de fitness con los compañeros de trabajo, donde cada uno aconseja e inspira a los demás. Podemos no escuchar a nuestra voz interior, pero es difícil ignorar a seis o siete personas diciéndote que entrenes.
También debemos equiparar la noción de éxito a algo más que completar los ejercicios diarios. Necesitamos replantearnos la situación y pensar: “he trabajado ocho horas, pero ¿cuántas calorías más necesito quemar para alcanzar mis objetivos?” Al combinar nuestras metas personales y laborales, obtenemos una nueva lista de tareas que debemos completar para tener un día de provecho. No hay medias tintas.
Una vida ocupada no debería ser una excusa para alcanzar nuestros objetivos de fitness. De hecho, es una oportunidad para adentrarse en nuevos desafíos. Reforzaremos nuestra seguridad a medida que consigamos objetivos cada vez mayores.

